La improvisación agradecida sólo queda reservada a los genios de postín, aquellos que hacen del esfuerzo diario algo innecesario y viven de prestado una historia que contar, más allá de hazañas irreales o de pasiones por cubrir.
De repente nos llega Lope y todos parecen recordar la cantidad y calidad de literatos que han poblado nuestra historia. Ignorantes, como somos, necesitamos que la gran pantalla nos arroje a la cara una película mediocre para indagar en nuestro pasado y sentirnos orgullosos de compatriotas de tal calado. El patriotismo debería de ser el halago de los compatriotas geniales no la defensa de valores sospechosos.
Te dejo con un soneto simple, pero elegante, una obra maestra a la improvisación, capaz de captar en un segundo de arrojo toda la fuerza de un soneto por construir, que va apareciendo ante nuestros ojos a la misma velocidad que lo hacía ante los del autor.
Soneto de repente, de Lope de Vega
Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tanto aprieto; catorce versos dicen que es soneto, burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante y estoy a la mitad de otro cuarteto, mas si me veo en el primer terceto, no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando, y parece que entré con pie derecho pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo y aun sospecho que voy los trece versos acabando: contad si son catorce y está hecho.
PoesíaPosted by Letras (Fuengirola) Sat, August 21, 2010 18:50:35 El 19 de agosto se conmemoró un aniversario más del fusilamiento del gran
poeta Federico García Lorca por el franquismo en 1936 y en recuerdo de su
memoria, leamos estos poemas que le dedicó su coterráneo y también gran
poeta, Antonio Machado:
I
EL
CRIMEN
Se le vio, caminando entre fusiles por una calle
larga, salir al campo frío, aún con estrellas, de la madrugada. Mataron
a Federico cuando la luz asomaba. El pelotón de verdugos no osó mirarle
a la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! Muerto
cayó Federico —sangre en la frente y plomo en las entrañas—. ... Que fue
en Granada el crimen sabed —¡pobre Granada!—, ¡en su
Granada!...
II
EL POETA Y LA MUERTE
Se le vio caminar solo
con Ella, sin miedo a su guadaña. —Ya el sol en torre y torre; los
martillos en yunque, yunque y yunque de las fraguas—. Hablaba
Federico, requebrando a la Muerte. Ella escuchaba. «Porque ayer en mi
verso, compañera, sonaba el eco de tus secas palmas, y diste el hielo a mi
cantar, y el filo a mi tragedia de tu hoz de plata, te cantaré la carne
que no tienes, los ojos que te faltan, tus cabellos que el viento
sacudía, los rojos labios donde te besaban... Hoy como ayer, gitana,
muerte mía, qué bien contigo a solas, por estos aires de Granada, ¡mi
Granada!»
III
Se les vio caminar... Labrad, amigos, de
piedra y sueño, en el Alhambra, un túmulo al poeta, sobre una fuente donde
llore el agua, y eternamente diga: el crimen fue en Granada, ¡en su
Granada!
Bocas, bocas, bocas, hay cientos, miles, bocas que te invitan, bocas que te expulsan, bocas que insinúan, bocas que prometen lo que no pueden cumplir, bocas, bocas, bocas todas, bocas ninguna.
Bocas que esconden lenguas repletas de lujuria, bocas que dejan escapar secretos insondables, bocas que callan, bocas que hablan, bocas que besan, bocas que escupen.
Bocas que miras y bocas que te engalanan, bocas por las que vivir y bocas por la que morir, bocas de mil formas y maneras, todas hermosas, todas únicas, pero de todas ellas, yo me quedo con una, ¿con la mía?, no, con la tuya.
La Boca, de Miguel Hernández
Boca que arrastra mi boca: boca que me has arrastrado: boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos.
Alba que das a mis noches un resplandor rojo y blanco. Boca poblada de bocas: pájaro lleno de pájaros. Canción que vuelve las alas hacia arriba y hacia abajo. Muerte reducida a besos, a sed de morir despacio, das a la grama sangrante dos fúlgidos aletazos. El labio de arriba el cielo y la tierra el otro labio.
Beso que rueda en la sombra: beso que viene rodando desde el primer cementerio hasta los últimos astros. Astro que tiene tu boca enmudecido y cerrado hasta que un roce celeste hace que vibren sus párpados.
Beso que va a un porvenir de muchachas y muchachos, que no dejarán desiertos ni las calles ni los campos.
¡Cuánta boca enterrada, sin boca, desenterramos!
Beso en tu boca por ellos, brindo en tu boca por tantos que cayeron sobre el vino de los amorosos vasos. Hoy son recuerdos, recuerdos, besos distantes y amargos.
Hundo en tu boca mi vida, oigo rumores de espacios, y el infinito parece que sobre mí se ha volcado.
He de volverte a besar, he de volver, hundo, caigo, mientras descienden los siglos hacia los hondos barrancos como una febril nevada de besos y enamorados.
Boca que desenterraste el amanecer más claro con tu lengua. Tres palabras, tres fuegos has heredado: vida, muerte, amor. Ahí quedan escritos sobre tus labios.
Una faceta de Bunbury no muy conocida, la de recitador de
poemas, y en este caso del poema "El lamento del vampiro" de Leopoldo
María Panero, Poeta, narrador y ensayista español nacido en Madrid en 1948.
Hijo del poeta Leopoldo Panero y hermano de Juan Luis Panero, también poeta,
mostró desde muy pequeño su interés por la poesía. A los dieciseis años,
fascinado por la izquierda radical, ingresó al entonces prohibido Partido
Comunista, cuya militancia le valió su primera estancia en prisión.
Inició su carrera como poeta de la mano del maestro Pere Gimferrer, sin
embargo, su atribulada vida, trastornada por el alcoholismo, la depresión y dos
intentos de suicidio antes de cumplir los ventiún años, lo llevaron a la
esquizofrenia, manteniéndolo internado por voluntad propia, en un pabellón
psiquiátrico donde mantiene vivo su interés por la literatura.
El lamento del vampiro
Vosotros, todos vosotros, toda
esa carne que en la calle
se apila, sois
para mi alimento,
todos esos ojos
cubiertos de legañas, como de quien no acaba
jamás de despertar, como
mirando sin ver o bien sólo por sed
de la absurda sanción de otra mirada,
todos vosotros
sois para mi alimento, y el espanto
profundo de tener como espejo
único esos ojos de vidrio, esa niebla
en que se cruzan los muertos, ese
es el precio que pago por mis alimentos.
No puedo quedarme, las rosas me aguardan, su aroma me reclama y yo me he dejado vencer, debo partir, pues, a disfrutar de su esencia, a soñar con el futuro que me regalan en cada amanecer.
Con cada rayo de sol se abren a recibir la luz que las ilumina, la luz que las alimenta, la luz que les da vida, y yo contemplo perplejo el milagro de la naturaleza sin perpetrar ningún otro crimen más que el de la adoración milagrosa.
Parto, entonces, sin mirar atrás, tomo impulso con la energía del recién llegado en busca de la ilusión del que ya lo sabe todo, un complejo de psicología barata e ideología panfletaria.
Lo siento, pero no puedo quedarme.
Con las rosas, de Juan Ramón Jiménez
No, esta dulce tarde
no puedo quedarme; esta tarde libre tengo que irme al aire.
Al aire que ríe abriendo los árboles, amores a miles, profundo, ondeante.
Me esperan las rosas bañando su carne. ¡No me claves fines;
no quiero quedarme! esta dulce tarde no puedo quedarme; esta tarde libre tengo que irme al aire.
Al aire que ríe abriendo los árboles, amores a miles, profundo, ondeante.
Me esperan las rosas bañando su carne. ¡No me claves fines; no quiero quedarme!
Allá donde se cruza tu destino, donde es imposible olvidar, allá donde caminas sin mirar atrás porque el pasado no te persigue, está en los edificios que se levantan frente a ti.
Allá donde acude el estudiante, allá de donde huye el currante, allá donde el socialismo no se contempla, allá donde nunca te atreviste a venir, allá donde los sueños se evaporan entre tapas de despecho.
Allá donde se refugiaba el Lute, enseñaba don Miguel y empezó a escribir Carmen, allá donde la sequedad es la norma, de clima y de carácter, donde más vale un fracaso propio que un éxito ajeno, allá donde las ranas fingen gobernar.
Allá donde Sabina tiene Madrid, yo me quedo con Salamanca.
Salamanca, de Joaquín Sabina
Uno escribe siempre la misma canción, sobre un niño con cara de viejo, que se atreve a volar bajo el cielo marrón, que agoniza detrás del espejo.
Uno canta siempre la misma canción otra noche en el bar de la esquina, cerca de la estación donde duerme un vagón, cuando el tiempo amenaza rutina.
Uno rumia siempre la misma canción como un perro ladrando a la luna, con la misma trompeta y el mismo trombón de mariachi que estuvo en la tuna.
Uno acaba nunca la misma canción que construye a trancas y barrancas, luego llega la hora de alzarse el telón y es un lujo que sea en Salamanca.
Emiliano Hernández
Hasset, “el poeta de los adioses”, como él mismo se hacia llamar y así lo distinguiremos en este ensayo, fue periodista, poeta, novelista, cronista y ensayista, nace el 3
de diciembre de 1882, en Maracaibo, Estado Zulia, Venezuela.
Su padre, el General Emiliano
Hernández, héroe de la
Federación Venezolana, destaca por su valor en las batallas de Mora y
Guama; su madre, la Sra. Hasset nativa de
Curaçao, Antillas Neerlandesas.
Estudia educación primaria en su natal Maracaibo, bajo la
tutela del maestro colombiano Silvio Galvis. Desde los bancos de la escuela,
Emiliano, niño precoz y vivaz, garabatea versos, y más tarde, escribe y declama sonetos aprendidos
de memoria, con una altivez que ya
desde tan pequeño dejaba entrever el hombre bizarro e irónico que sería. Apenas un adolescente, viste ingenuo y orgulloso el
uniforme militar, adoptando posturas inocentemente heroicas, o derrochando
fantasías marciales en los
juveniles corrillos de la plaza Bolívar.
Se “moldea” a sí mismo, con
un modo de pensar
muy sui generis, un estilo de hablar
muy propio y una manera de escribir muy suya. De temperamento inquieto,
impetuoso, audaz, desconcertante, andariego, pintoresco, ingenuo, díscolo,
bravucón, extremadamente generoso, conversador y ocurrente, con arrebatos
violentos como llamaradas que se extinguen
tan rápido como empiezan. Su físico mestizo, frágil, delgado, de áspero
cabello ensortijado, con un rostro de labios nerviosos, una nariz ciranesca y unos ojos azules profundamente escrutadores como crepúsculos marinos, herencia materna, le da
un singular plantaje.
Sandalia de peregrino
puso en mi
vida el Azar
de la errante
flor de mar
i del camello beduino.
Diome aspas de su molino
Don Quijote al
batallar;
i un Hado mal el pesar
de los nervios i del vino.
Feo nací, en igual día
en que con ala
sutil
me tocó la Poesía.
Larga nariz de Cyrano,
alma libre i señoril
i cabellos de africano.1
Es momento de rememorar, que el modernismo, fenómeno literario y
extraliterario, se genera alrededor de 1880, como una de las piedras angulares
en las que se apuntala la construcción de nuestra literatura latinoamericana, y
con ciertas variantes, se da por terminado en 1916 con la muerte de Rubén
Darío, otros estudiosos colocan su fin en 1920, e incluso en 1940. Se inicia teniendo
como base el realismo naturalista, cuya
sustentación filosófica es el
positivismo, que expresa confianza en el progreso, en la victoria del
espíritu científico y en el liberalismo económico, pero también, “la ley del
más fuerte”, la apropiación del Estado por una oligarquía muy poco o nada
sensible a la vida miserable en que está sumida la clase pobre y a las
carencias que agobian a la clase media; así, la prosperidad que comienza en
1870, es “confiscada” por un grupo reducido de “ricachones”.
Venga la flaca a buscarme que yo la espero daga en mano, defensa a ultranza de la vida, lanzando mis dados al azar en busca de postergar lo inevitable, de encontrar un halo de vida donde no hay más que muerte.
Si pregunta por mí dile que no me conoces, que marché sin dejar dirección y así no me encontrará, y huiré con mis sueños en la mochila para entregárselos a alguien que me los quiera escuchar.
¡Ah, maldita flaca! Olvídate de mí. Piensa en tanta otra gente que te tienta, que te pone a prueba cada día, ellos, y yo no, quieren unirse a ti, juntarse contigo en tu eternidad, yo, yo elijo vida.
La muerte, por Vicente Aleixandre
¡Ah! Eres tú, eres tú, eterno nombre sin fecha, bravía lucha del mar con la sed, cantil todo de agua que amenazas hundirte sobre mi forma lisa, lámina sin recuerdo. Eres tú, sombra del mar poderoso, genial rencor verde donde todos los peces son como piedras por el aire, abatimiento o pesadumbre que amenazas mi vida como un amor que con la muerte acaba. Mátame si tú quieres, mar de plomo impiadoso, gota inmensa que contiene la tierra, fuego destructor de mi vida sin numen aquí en la playa donde la luz se arrastra. Mátame como si un puñal, un sol dorado o lúcido, una mirada buida de un inviolable ojo, un brazo prepotente en que la desnudez fuese el frío, un relámpago que buscase mi pecho o su destino... ¡Ah, pronto, pronto; quiero morir frente a ti, mar, frente a ti, mar vertical cuyas espumas tocan los cielos, a ti cuyos celestes peces entre nubes son como pájaros olvidados del hondo! Vengan a mí tus espumas rompientes, cristalinas, vengan los brazos verdes desplomándose, venga la asfixia cuando el cuerpo se crispa sumido bajo los labios negros que se derrumban. Luzca el morado sol sobre la muerte uniforme. Venga la muerte total en la playa que sostengo, en esta terrena playa que en mi pecho gravita, por la que unos pies ligeros parece que se escapan. Quiero el color rosa o la vida, quiero el rojo o su amarillo frenético, quiero ese túnel donde el color se disuelve en el negro falaz con que la muerte ríe en la boca. Quiero besar el marfil de la mudez penúltima, cuando el mar se retira apresurándose, cuando sobre la arena quedan sólo unas conchas, unas frías escamas de unos peces amándose. Muerte como el puñado de arena, como el agua que en el hoyo queda solitaria, como la gaviota que en medio de la noche tiene un color de sangre sobre el mar que no existe.
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