En nombre del jurado que
ha formado parte del I Certamen de Relatos Antón Chéjov, que organizan la
revista Letras (Fuengirola) y el diario El Librepensador, tengo el placer de
comunicarles que el relato "Sin pedir nada", de Isabel Alí, ha sido el ganador del citado
certamen.
Por tanto le doy la
enhorabuena a la ganadora Isabel Alí, en nombre mío y en el Eva Monzón, Rubén Sancho y Raúl Tristán que
han sido los miembros del jurado, y que han decido por puntuación que su relato
es el merecedor del premio.
La clasificación
definitiva es la siguiente:
1. Sin pedir
nada: 46 puntos (Ganador)
2. Un gilipollas muy familiar: 35 puntos
3. Dios es de todos: 30 puntos
4. Diogenismo digital: 28 puntos
5. El fantasma: 22 puntos
6. La escena de un crimen: 19 puntos
7. Las redes invisibles: 18 puntos
8. El enfermo literario: 16 puntos
9. La silla de ruedas: 12 puntos
10. La tortuga gigante: 6 puntos
Felicitaciones a los
diez finalistas por haber llagado hasta el final, sus relatos lo merecen.
Penélope tiene aire de muñeca, en
sus ojos brilla la nostalgia, en sus labios hay una sonrisa lánguida.
Penélope tiene ojos de ensueño,
tras ellos suelo imaginar una vida de sufrimiento y sacrificio. También brilla
en su rostro una luz tenue, la luz del amanecer.
En Penélope amanece y anoche con
la luz de los sueños. Aire de muñeca de porcelana, destellos de días tristes y
alegres van iluminando sus mañanas y sus noches.
Penélope es dulce como compota de
frambuesa, sensible como piel de melocotón, humilde como el aire, el agua y la
tierra.
Penélope tiene sabor a helado de
fresas y besa con sus labios de nata y me compone una canción.
Penélope siempre oculta tras su
gesto serio una sonrisa azul. Caramelo es su risa y sus besos melocotón.
Penélope amanece en mi vida con su
luz boreal. Camina sumida en sus sueños. Fantasías de colores, arco iris sus
ojos.
Penélope entró en mi vida por una
ventana que dejé abierta, con su mirada tranquila y despierta.
Penélope se va con el amanecer,
vuelve con la noche y a cabalgar me lleva con Pegaso y la estrella del norte.
Penélope, Penélope.
Sus cabellos de algodón dorado
ondean al viento.
Penélope ríe, Penélope sueña,
Penélope se marcha cuando el sol despierta.
Dormitaba en su cuarto oscuro, mientras
fuera brillaba el sol, un sol que iluminaba con fuerza las calles de aquel
pueblo. Un pueblo asentado en la sierra y rodeado de bellos parajes. A la misma
hora, cada noche, se despertaba con bostezos de luna y salía a contemplar las
calles iluminadas por las luces tenues
de las farolas.
Sus ojos brillaban como dos luciérnagas
iluminando las sombras de las calles estrechas. Las estrechas calles de aquel
pueblo blanco que mudaba su color en la noche y se convertía en un pueblo negro
y solitario y de calles vacías.
Los búhos tiritaban en las atalayas de
los alcornoques, las lechuzas y los murciélagos llenaban el aire con sus vuelos
en busca de una presa. Y él se acicalaba para salir a buscar su presa, sangre
de mujer.
Un crápula anestesiado por licores
espirituosos navegando entre nubes de humo y observando con sus ojos de
luciérnaga los contoneos de caderas sinuosas. Mujeres de sangre caliente,
ardientes y pasionales. Bebiendo sangre, la sangre del deseo, la ardiente
sangre del placer nocturno. Cuerpos sudorosos y hambrientos de pasión, cuerpos
desatándose en la lujuria de las luces de garitos y de antros cargados de ese
aire entumecido, perfumes mezclados con sudor y alientos arcillosos. Copas envenenadas
por los dardos del efímero placer. Sexo, sexo y canciones que martillean y
lloran a amores perdidos. Es la hora boba, la hora en que se desatan las almas
y se esfuman por los rincones oscuros de la cocaína, el éxtasis, las pastillas
alucinógenas, el alcohol y las erecciones se confunden con brazos y piernas.
Ve su presa, la mira, la estudia de
arriba abajo, la destruye y la reconstruye en su lecho de lujuria y le sorbe el
centro de su devaneo. La acecha apoyado en la barra, la vuelve a mirar y ella
cae en su red.
Esa red de plástico, de efímero
artificio y las palabras fluyen de su garganta sedienta de besos. Ella juega y
va cediendo brincando como un cervatillo que se mueve inquieto en las garras de
un felino. Y de repente ella abre sus garras afiladas y le da un zarpazo que le
corta la garganta y la sangre fluye como fluían las palabras sedientas de
besos. La presa acaba con su opresor y se derrumba extasiado sobre sabanas de
seda negra. La seda negra de la tarántula que ha tejido su red sobre los hilos
del deseo, del que salía a contemplar las calles iluminadas por las luces
tenues de las farolas.
Sangre de mujer/ deseos incomprendidos/
lágrima de cocodrilo.../
El bufón se sentó en el alféizar de la
ventana. Miró hacia la calle y sintió cómo la soledad lo estrangulaba.
El bufón estaba solo, rodeado de una
multitud a la que hacía divertirse, a la que hacía bailar con su música.
Gastaba su energía para crear euforia en
los demás y ellos bailaban y cantaban y olvidaban. Pero él, estaba solo sentado
en el alféizar de la ventana.
Hizo unas llamadas y todos estaban
ocupados y acompañados y embriagados de amor y de felicidad.
Pensó que los envidiaba y en el fondo
sentía algo de envidia cuando los veía allí riendo, bebiendo y hablando unos
con otros. Los hombres y las mujeres se conocían allí y salían juntos.
El bufón estaba atado a aquella cadena
invisible, donde cada noche les pinchaba música para alegrar sus almas.
El bufón reía exteriormente, porque en
lo más hondo llevaba una pena oculta. La pena más grande, la condena del
desamor.
Todos lo miraban y le agradecían su
trabajo de una forma efímera, pero ninguno podía pensar, que el que los hacía
reír y bailar y cantar y llenarse de felicidad, estaba solo. Olvidado en el
olvido de ayeres que nunca vuelven.
Su energía se iba agotando y las lágrimas
del cielo cayeron mojando los tejados.
No había ni un alma a esa hora en las
calles. A esa hora en que el bufón regresaba solitario a su hogar solitario a su
refugio solitario.
Horas antes todos bailaban, bebían y se
abrazaban mientras él abrazaba, con la mirada perdida, el reflejo de los cedés
cuando los introducía en el compacto.
A esas horas sólo se veían los reflejos
de las farolas en las calles mojadas. Él caminaba pisando charcos, mirando
hacia ningún sitio.
En su cabeza daban vueltas las caras
sonrientes y sonrosadas y la música y se
decía a sí mismo, maldita música y llegaba a su refugio exhausto, con la cabeza
embotada de ruidos, de chupitos y de tabaco y de risas y de cantos.
Se sentaba en el alféizar de la ventana
y mirando a la calle se desvanecía con la lluvia en los reflejos de las
farolas.
Su condena, un dolor negro, la falta de
afecto y cariño y amor, su condena el desamor.
El bufón había amado, había dado y
compartido todo en su vida y ahora no había nadie. Todos estaban en sus casas
sentados delante de sus televisores y ninguno recordaba al bufón.
Estaba enganchado a aquella vida como el
heroinómano a la heroína.
Últimamente le pesaba cada día más y
soñaba con salir de allí y conocer a una mujer que verdaderamente lo amase y le
diera afecto y cariño y lo hiciera feliz, sin pedir nada a cambio, sólo su
amor.
Y soñaba también con bailar y reír y
cantar y beber como los demás lo hacían todos los sábados en los que él los
hacía bailar y reír y cantar y beber.
El bufón se desvaneció una noche de
calles solitarias y desapareció en las sombras de los reflejos en los charcos y
todos lo recordaron aquella noche porque no bailaron, ni rieron, ni cantaron,
ni bebieron.
A rey muerto rey puesto y así ocurrió,
por aquella ley que dice que nada, ni nadie es imprescindible. Un nuevo bufón
reemplazó al anterior y todos cantaron y rieron y bailaron y bebieron.
El bufón se perdió en el recuerdo y
vinieron generaciones y generaciones y más generaciones y nadie lo recordó
jamás.
Todos los inviernos cuando llueve, él se
sienta en el alféizar de la ventana y mira hacia la calle y se desvanece con la
lluvia en los reflejos de las farolas. Y su condena, el desamor y el dolor
negro y la pena y la casa solitaria y la mujer que no encontró o que perdió, se
pierden en el silencio de la noche.
A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en algún
lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna.
El efecto de la cerveza, creaba en mi cabeza
caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento.
Amargo trago de desamor; bebía en soledad en el bar de mi nostalgia donde
palpitan los sentimientos de de mis deseos vagabundos. La tomé de un trago, la
sentí correr por mi garganta quemando mi esófago, encendiendo la llama en la boca
del estómago. A la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.
Ella, fría, calculadora, atajó mi embate sin rodeos
y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía seguir sola, allí sobre la
encerada tarima del deseo. Orgullosa, sentenció con brillo en sus ojos, en sus
labios los deseos atrincherados tras las palabras. Fueron los cristales de su
boca los que nos separaron una vez más.
A la hora exacta en la que el tiempo queda
detenido, el deseo queda sepultado bajo la arena en la playa de su vientre, en
las crestas de sus pechos.
En la cerveza número once o doce, o quizá en la
primera, perdí el amor, gané un pase para olvidar. Miré en los espejos como un
moribundo, pero yo no estaba allí al otro lado. Recorrí calles vacías donde la
nostalgia vaga herida de melancolía. Caminé toda la noche hasta que el alba me
sorprendió embriagado de tragos amargos, fui dando tumbos, y observado las
ventanas cerradas tras las que ardía el fuego del amor que prometía morir en
mil tardes de gris cotidianidad, tuve nuevamente el sueño en el que ella me
mira desde lejos.
La luz del sol estalló un día más por oriente; mis
ojos derramaron unas lágrimas que bajaron por mis mejillas pálidas. La forja de
las rejas me habló de encierros, de cárceles, de seres oprimidos, y lo que es
peor, de mi fracaso...
Labios, pechos, agujeros infinitos. Mis labios, mi
torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya
nada puede unirlos.
La realidad ponía en escena los prejuicios, los
cristales se empañaron alejándonos una vez más.
Desperté…, un Bradomin he sido, con más pena que
gloria…
La luna saltó de su cama y fue iluminando los
rincones oscuros; en los espejos y los cristales de mi copa se rompieron (a la
novena o décima cerveza, no lo sé, siempre pierdo la cuenta y la cabeza cuando
esa cifra baila en el mostrador), mis deseos.
Sentí miedo y me refugié en los pechos calientes de
otra mujer: desperté abrazado a la botella.
Me atraganto con las uvas, mi cuñado se ríe sin parar, mi esposa me reprocha que no sepa tragar y mi padre se niega a seguir una tradición tan absurda. Terminan las campanadas, nadie se ha comido las doce uvas, todos brindamos por el Año Nuevo, que sea al menos como el que se va, como si éste hubiera sido bueno, maldito 2009, pocas alegrías, mucha mierda me ha traído. Corre, date prisa, que no llegamos al cotillón, ya no tengo edad para cotillón, se han empeñado mis amigos, no he podido decir que no. Me pongo un traje cualquiera, a mí me gusta, a mí mujer no, me siento en el sofá a esperar que ella se arregle, tarda, tarda demasiado, y antes me metía prisa, al final sale, la espera ha merecido la pena, está guapa, hermosa, como siempre, como nunca. Salimos de casa. No hay ni un maldito taxi libre, y me niego a coger el coche. Caminamos media hora hasta que llegamos al garito, a rebosar, como no podía ser de otra manera, dentro mis colegas, ya pasados de alcohol, me saludan efusivamente, doy dos besos a ellas y un abrazo a ellos, muy liberal de boquilla pero cuando llega el contacto físico me limito a lo establecido, me pido un lingotazo y comienzo a divertirme, o lo que sea que se hace en las discotecas una Nochevieja. No hay lugar para moverse, no hay lugar para bailar, y ante la posibilidad de tener que ir a la barra a pedir otra copa me da un ataque de ansiedad, así que me quedo con mi vaso vacío al compás de la música de moda, que me golpea los tímpanos y me incita a cualquier cosa menos a bailar, por ejemplo, a matar a alguien, al DJ, por ignorancia musical. La noche transcurre, sigue siendo una pesadilla, en un momento pasan unos canapés, pero donde estoy sólo llega la bandeja vacía, mis amigos siguen bebiendo sin parar, y la cosa se está pasando ya de la raya. A mi mujer la perdí la pista hace demasiado tiempo, tiene una oportunidad única para la infidelidad, ella que puede, no, sé que es fiel, por lo menos hasta que se demuestre lo contrario, todo el mundo es fiel hasta ese fatídico momento de la infidelidad. Sin darme cuenta las luces se encienden, mi salvación, eso debe de ser el final de la noche, el final de mi pesadilla. La marabunta humana me saca del local y sin comerlo ni beberlo termino en una chocolatería con mis colegas, que deben de haberme seguido, y al fondo veo a mi esposa, nos acercamos, nos besamos, y comenzamos a untar churros en el chocolate. Todos hablan pero nadie conversa, nadie es capaz de seguir una conversación coherente. Al final, todo termina, y regreso a casa, me tumbo en la cama sin cambiarme de ropa y me quedo dormido. ¡Feliz año nuevo!
En la carretera no
se veía nada.
La luz de los faros no era suficiente. Habían perdido parte de la carga de la
batería. No se podía hacer nada. Así que June se atusó el mentón nervioso.
Encendió un cigarrillo. Lena a su lado menos nerviosa fumaba en silencio.
¿Ahora qué vamos hacer?- preguntó sin
convicción.
-No sé- respondió June aspirando hondamente
de su cigarro. El coche se llenó de humo. Lena abrió dos dedos la ventanilla,
el viento frío se coló por la rendija. Hacía una noche de perros que ni se atrevían
a salir a fornicar los gatos en los callejones.
-¡Uf!, vaya nochecita que hemos elegido para
ir a ver a tía Bernadette- dijo Lena con la misma convicción de siempre.
-Sí, podíamos haberlo dejado para otro día,
pero… - June seguía el recorrido del humo mientras lo exhalaba de su interior.
-¿Y si nos volvemos?- preguntó Lena sabiendo
que esa pregunta no la llevaría…, no los llevaría ni a ella ni a June a tomar
una decisión y dar marcha atrás. Ambos eran bastante tozudos y cuando tomaban
una decisión no había quien los hiciera desistir de ella.
La tía Bernadette vivía en un lugar alejado
de la carretera principal que comunica Potellí con Potallá, y en ese punto
intermedio y en medio de un espeso bosque sin lobos y sin caperucitas vivía la
mujer, algo rara, también tozuda, y misántropa, se aisló del mundo cuando murió
su quinto marido.
-Pero ella necesita esta noche su medicina,
si no llegamos será terrible, morirá.
-No puedo hacer nada amor- respondió June
viendo que el motor rugía con estertores moribundo y a punto de dar por
finalizada su función: “hasta aquí los servicios prestados”.
-Tal y como está la noche podremos llegar en
un par de horas caminando, a lo máximo tres- dijo Lena sin convicción a pesar
de tu testarudez era una mujer que no se creía nada que viniera del exterior y
menos del interior, era lo que se dice una auténtica escéptica convencida por
cabezonería de su escepticismo.
-Sí, creo que podemos llegar incluso antes-
terminó June de fumar su cigarro. El coche murió en el mismo momento en que su
mano apagaba, aplastando la colilla, estrujándola con sus gordos dedos, el
índice, el corazón y el pulgar fueron los que interpretaron el papel de
verdugos como miembros de la LAT,
convencidos de que el tabaco mata.
Salieron del coche abotonándose los abrigos,
Lena dio dos vueltas a su bufanda de color naranja. June se subió los cuellos
de su gabardina gris que le llegaban más arriba de las orejas.
Bernadette estaba eufórica esa noche y no
sabía por qué. La medicina se le había acabado y esperaba ansiosa que su sobrina
Lena y el marido de ésta, llegaran a tiempo, sin intuir el contratiempo que
habían tenido en el camino. Puso la canción que siempre le recordaba a su
quinto esposo. Un señor afincado en Follaquí y que tenía la libido siempre
golpeando las nalgas de su querida Bernadette. Y murió en pleno acto, sí, entre
las piernas tersas y suaves de la diva. Sí, de ella, sí, entre sus muslos
tersos que habían sido y eran el punto de mira de los deseos de muchos hombres,
incluso ahora que ella, sí, Bernadette había cumplido cincuenta y siete. Él,
sí, el quinto marido murió con sesenta y nueve para más curiosidad y por algo
de la casualidad o el destino, precisamente murió practicando el 69. Paradojas
que tiene la vida. Y ella, sí Bernadette, esperaba con tranquilidad su
medicina. Tenía tan solo dos horas para tomarla, luego pasaría a engrosar la
lista de los cementerios, y pensó qué pena no poder morir como él, sí, como su
quinto marido practicando el 69.
No murió Bernadette aquella noche porque Lena
y June, expertos guardabosques conocían como la palma de la mano aquel donde la tía vivía. Bernadette murió días más tarde por aquello de las paradojas de la vida, y no
por falta de su medicina, mientras le practicaba una felación a un pastor
misántropo, también, que vivía cerca de ella, con el que llevaba manteniendo relaciones
desde hacía unos meses.
-Qué triste morir tan joven- dijo Lena, su
sobrina, sin convicción en el entierro.
-Sí, pero para ella no fue tan triste- dijo June
mirando al pastor que frente a ellos con el sombrero en la mano ocultaba la
erección que el recuerdo le había producido. Y pensó:
Sus
circulares vértigos se indefinían en el centro plural. Su micro silueta
convergía en un macro universo infinito donde a cada instante más ondas recaían
para desprenderse.
Espiral
que ni había menoscabado tras sones de un pendular minutero, se hacía
constante, persuasiva por arrear más líneas hacia sí. Era una imagen móvil. Era
una incisiva ronda de brotes curvilíneos sólo para atraerlo. Pues el hombre no
había dejado de observarla, de mimetizarse ni siquiera cuando se agotaba y
prescindía pestañear.
Nadie
se lo había impuesto. La espiral había estado encerrada bajo un cuaderno, bajo
unos bosquejos de ordenamientos precisos. Al él ya tantos le habían sugerido
que no la viera, que no se acordara, que esto fue estímulo tenaz para buscarla.
Se
había sentado en un parque, junto a personas que se dispersaban, junto a
desordenados imprevistos. Ahí había llevado a la silueta, pues no creía
necesitar alejarse de ningún sitio. Es que, aunque le habían dicho que no
habría de tolerar movimiento y sonido alguno cuando ante ella se viera, jamás advirtió
sensatez en ello.
Cuando
había desplegado a la espiral, ya no podía ver ni oír sensación alguna. Ya
estaba, sin predisponérselo, inmerso en aquél orbe de tiranía curva. Y así
había pasado sus segundos.
Cuando
la imagen lo había librado, ya todo le resultaba similar comparándolo con los
momentos previos de esta experiencia, como si nada hubiera ocurrido.
Guardaba
el disco y volvía del parque. Volvía para guardarlo sabiendo que las
suposiciones del elemento hipnotizador habían sido mal hechas, mal decididas.
Aún las de menor riesgo, pues nada en él se había modificado.
Aunque
de vez en cuando notara que la figura movediza se intercalaba ante sí, no le
prestaba atención. Es que se lo atribuía a su memoria. Y estos saltos de su
percepción para nada incomodaban su estar. Pues tanto veía a la espiral como al
entorno, a la imagen unívoca como a las apariciones inesperadas de la calle.
Había llegado a ver todo –ambos cosmos- a la misma vez, sin dejar de caminar ni
de preocuparse.
Él
ya creía que la hipnosis le había abierto un mundo, en vez de cerrárselo, que
ahora era capaz de contemplar una silueta antes ignorada.
Hasta
que el hombre comenzó a ovalarse.
Sus
brazos se encerraban hacia un centro simple. Así, su micro cuerpo se
extralimitaba y fundía en un macro núcleo sidérico, donde a cada instante más
de sí se desprendía.
Se
hacía arremolinado, aunque con orden. Se hacía circular, curvo, y en perpetuo
movimiento.
Sin
más ilusión ni esperanza de volver a ser hombre, espiral ya era. Sin más
quietud ni dispersión dada a expandirse quedó hipnótico.
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