Letras (Fuengirola)

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ISSN 1989- 4198
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Ganador y finalistas del I Certamen de Relatos Antón Chéjov

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Thu, July 01, 2010 11:15:56

En nombre del jurado que ha formado parte del I Certamen de Relatos Antón Chéjov, que organizan la revista Letras (Fuengirola) y el diario El Librepensador, tengo el placer de comunicarles que el relato "Sin pedir nada", de Isabel Alí, ha sido el ganador del citado certamen.

Por tanto le doy la enhorabuena a la ganadora Isabel Alí, en nombre mío y en el Eva Monzón, Rubén Sancho y Raúl Tristán que han sido los miembros del jurado, y que han decido por puntuación que su relato es el merecedor del premio.

La clasificación definitiva es la siguiente:

1. Sin pedir nada: 46 puntos (Ganador)
2. Un gilipollas muy familiar: 35 puntos
3. Dios es de todos: 30 puntos
4. Diogenismo digital: 28 puntos
5. El fantasma: 22 puntos
6. La escena de un crimen: 19 puntos
7. Las redes invisibles: 18 puntos
8. El enfermo literario: 16 puntos
9. La silla de ruedas: 12 puntos
10. La tortuga gigante: 6 puntos

Felicitaciones a los diez finalistas por haber llagado hasta el final, sus relatos lo merecen.

Saludos


Salvador Moreno Valencia

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Penélope

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Thu, May 20, 2010 10:14:37


Por Salvador Moreno Valencia

Penélope tiene aire de muñeca, en sus ojos brilla la nostalgia, en sus labios hay una sonrisa lánguida.

Penélope tiene ojos de ensueño, tras ellos suelo imaginar una vida de sufrimiento y sacrificio. También brilla en su rostro una luz tenue, la luz del amanecer.

En Penélope amanece y anoche con la luz de los sueños. Aire de muñeca de porcelana, destellos de días tristes y alegres van iluminando sus mañanas y sus noches.

Penélope es dulce como compota de frambuesa, sensible como piel de melocotón, humilde como el aire, el agua y la tierra.

Penélope tiene sabor a helado de fresas y besa con sus labios de nata y me compone una canción.

Penélope siempre oculta tras su gesto serio una sonrisa azul. Caramelo es su risa y sus besos melocotón.

Penélope amanece en mi vida con su luz boreal. Camina sumida en sus sueños. Fantasías de colores, arco iris sus ojos.

Penélope entró en mi vida por una ventana que dejé abierta, con su mirada tranquila y despierta.

Penélope se va con el amanecer, vuelve con la noche y a cabalgar me lleva con Pegaso y la estrella del norte.

Penélope, Penélope.

Sus cabellos de algodón dorado ondean al viento.

Penélope ríe, Penélope sueña, Penélope se marcha cuando el sol despierta.

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Sangre de mujer

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Tue, May 18, 2010 10:13:34

Por Salvador Moreno Valencia

Dormitaba en su cuarto oscuro, mientras fuera brillaba el sol, un sol que iluminaba con fuerza las calles de aquel pueblo. Un pueblo asentado en la sierra y rodeado de bellos parajes. A la misma hora, cada noche, se despertaba con bostezos de luna y salía a contemplar las calles iluminadas por las luces tenues de las farolas.

Sus ojos brillaban como dos luciérnagas iluminando las sombras de las calles estrechas. Las estrechas calles de aquel pueblo blanco que mudaba su color en la noche y se convertía en un pueblo negro y solitario y de calles vacías.

Los búhos tiritaban en las atalayas de los alcornoques, las lechuzas y los murciélagos llenaban el aire con sus vuelos en busca de una presa. Y él se acicalaba para salir a buscar su presa, sangre de mujer.

Un crápula anestesiado por licores espirituosos navegando entre nubes de humo y observando con sus ojos de luciérnaga los contoneos de caderas sinuosas. Mujeres de sangre caliente, ardientes y pasionales. Bebiendo sangre, la sangre del deseo, la ardiente sangre del placer nocturno. Cuerpos sudorosos y hambrientos de pasión, cuerpos desatándose en la lujuria de las luces de garitos y de antros cargados de ese aire entumecido, perfumes mezclados con sudor y alientos arcillosos. Copas envenenadas por los dardos del efímero placer. Sexo, sexo y canciones que martillean y lloran a amores perdidos. Es la hora boba, la hora en que se desatan las almas y se esfuman por los rincones oscuros de la cocaína, el éxtasis, las pastillas alucinógenas, el alcohol y las erecciones se confunden con brazos y piernas.

Ve su presa, la mira, la estudia de arriba abajo, la destruye y la reconstruye en su lecho de lujuria y le sorbe el centro de su devaneo. La acecha apoyado en la barra, la vuelve a mirar y ella cae en su red.

Esa red de plástico, de efímero artificio y las palabras fluyen de su garganta sedienta de besos. Ella juega y va cediendo brincando como un cervatillo que se mueve inquieto en las garras de un felino. Y de repente ella abre sus garras afiladas y le da un zarpazo que le corta la garganta y la sangre fluye como fluían las palabras sedientas de besos. La presa acaba con su opresor y se derrumba extasiado sobre sabanas de seda negra. La seda negra de la tarántula que ha tejido su red sobre los hilos del deseo, del que salía a contemplar las calles iluminadas por las luces tenues de las farolas.

Sangre de mujer/ deseos incomprendidos/ lágrima de cocodrilo.../

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El bufón

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Thu, May 13, 2010 10:37:49

Por Salvador Moreno Valencia

El bufón se sentó en el alféizar de la ventana. Miró hacia la calle y sintió cómo la soledad lo estrangulaba.

El bufón estaba solo, rodeado de una multitud a la que hacía divertirse, a la que hacía bailar con su música. Gastaba su energía para crear euforia en los demás y ellos bailaban y cantaban y olvidaban. Pero él, estaba solo sentado en el alféizar de la ventana.

Hizo unas llamadas y todos estaban ocupados y acompañados y embriagados de amor y de felicidad.

Pensó que los envidiaba y en el fondo sentía algo de envidia cuando los veía allí riendo, bebiendo y hablando unos con otros. Los hombres y las mujeres se conocían allí y salían juntos.

El bufón estaba atado a aquella cadena invisible, donde cada noche les pinchaba música para alegrar sus almas.

El bufón reía exteriormente, porque en lo más hondo llevaba una pena oculta. La pena más grande, la condena del desamor.

Todos lo miraban y le agradecían su trabajo de una forma efímera, pero ninguno podía pensar, que el que los hacía reír y bailar y cantar y llenarse de felicidad, estaba solo. Olvidado en el olvido de ayeres que nunca vuelven.

Su energía se iba agotando y las lágrimas del cielo cayeron mojando los tejados.

No había ni un alma a esa hora en las calles. A esa hora en que el bufón regresaba solitario a su hogar solitario a su refugio solitario.

Horas antes todos bailaban, bebían y se abrazaban mientras él abrazaba, con la mirada perdida, el reflejo de los cedés cuando los introducía en el compacto.

A esas horas sólo se veían los reflejos de las farolas en las calles mojadas. Él caminaba pisando charcos, mirando hacia ningún sitio.

En su cabeza daban vueltas las caras sonrientes y sonrosadas y la música y se decía a sí mismo, maldita música y llegaba a su refugio exhausto, con la cabeza embotada de ruidos, de chupitos y de tabaco y de risas y de cantos.

Se sentaba en el alféizar de la ventana y mirando a la calle se desvanecía con la lluvia en los reflejos de las farolas.

Su condena, un dolor negro, la falta de afecto y cariño y amor, su condena el desamor.

El bufón había amado, había dado y compartido todo en su vida y ahora no había nadie. Todos estaban en sus casas sentados delante de sus televisores y ninguno recordaba al bufón.

Estaba enganchado a aquella vida como el heroinómano a la heroína.

Últimamente le pesaba cada día más y soñaba con salir de allí y conocer a una mujer que verdaderamente lo amase y le diera afecto y cariño y lo hiciera feliz, sin pedir nada a cambio, sólo su amor.

Y soñaba también con bailar y reír y cantar y beber como los demás lo hacían todos los sábados en los que él los hacía bailar y reír y cantar y beber.

El bufón se desvaneció una noche de calles solitarias y desapareció en las sombras de los reflejos en los charcos y todos lo recordaron aquella noche porque no bailaron, ni rieron, ni cantaron, ni bebieron.

A rey muerto rey puesto y así ocurrió, por aquella ley que dice que nada, ni nadie es imprescindible. Un nuevo bufón reemplazó al anterior y todos cantaron y rieron y bailaron y bebieron.

El bufón se perdió en el recuerdo y vinieron generaciones y generaciones y más generaciones y nadie lo recordó jamás.

Todos los inviernos cuando llueve, él se sienta en el alféizar de la ventana y mira hacia la calle y se desvanece con la lluvia en los reflejos de las farolas. Y su condena, el desamor y el dolor negro y la pena y la casa solitaria y la mujer que no encontró o que perdió, se pierden en el silencio de la noche.


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Momentos

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Tue, May 11, 2010 00:37:20

Por Salvador Moreno Valencia

A la hora exacta, en la madrugada, la soñé en algún lugar imaginario donde las olas se confunden con el brillo de la luna.

El efecto de la cerveza, creaba en mi cabeza caballitos de mar, sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. Amargo trago de desamor; bebía en soledad en el bar de mi nostalgia donde palpitan los sentimientos de de mis deseos vagabundos. La tomé de un trago, la sentí correr por mi garganta quemando mi esófago, encendiendo la llama en la boca del estómago. A la novena siempre pierdo la cuenta y la cabeza.

Ella, fría, calculadora, atajó mi embate sin rodeos y me pidió que la dejara tranquila, que le apetecía seguir sola, allí sobre la encerada tarima del deseo. Orgullosa, sentenció con brillo en sus ojos, en sus labios los deseos atrincherados tras las palabras. Fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez más.

A la hora exacta en la que el tiempo queda detenido, el deseo queda sepultado bajo la arena en la playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.

En la cerveza número once o doce, o quizá en la primera, perdí el amor, gané un pase para olvidar. Miré en los espejos como un moribundo, pero yo no estaba allí al otro lado. Recorrí calles vacías donde la nostalgia vaga herida de melancolía. Caminé toda la noche hasta que el alba me sorprendió embriagado de tragos amargos, fui dando tumbos, y observado las ventanas cerradas tras las que ardía el fuego del amor que prometía morir en mil tardes de gris cotidianidad, tuve nuevamente el sueño en el que ella me mira desde lejos.

La luz del sol estalló un día más por oriente; mis ojos derramaron unas lágrimas que bajaron por mis mejillas pálidas. La forja de las rejas me habló de encierros, de cárceles, de seres oprimidos, y lo que es peor, de mi fracaso...

Labios, pechos, agujeros infinitos. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se rompen los cristales y ya nada puede unirlos.

La realidad ponía en escena los prejuicios, los cristales se empañaron alejándonos una vez más.

Desperté…, un Bradomin he sido, con más pena que gloria…

La luna saltó de su cama y fue iluminando los rincones oscuros; en los espejos y los cristales de mi copa se rompieron (a la novena o décima cerveza, no lo sé, siempre pierdo la cuenta y la cabeza cuando esa cifra baila en el mostrador), mis deseos.

Sentí miedo y me refugié en los pechos calientes de otra mujer: desperté abrazado a la botella.

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La luna se oculta

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Sat, January 02, 2010 12:44:27

Por Dorian Gray

El dragón se comió a Monterroso, y bajo la luz de la luna brillan sus despojos.

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Fin de año

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Wed, December 30, 2009 12:45:00

Por Rubén Sancho

Me atraganto con las uvas, mi cuñado se ríe sin parar, mi esposa me reprocha que no sepa tragar y mi padre se niega a seguir una tradición tan absurda. Terminan las campanadas, nadie se ha comido las doce uvas, todos brindamos por el Año Nuevo, que sea al menos como el que se va, como si éste hubiera sido bueno, maldito 2009, pocas alegrías, mucha mierda me ha traído. Corre, date prisa, que no llegamos al cotillón, ya no tengo edad para cotillón, se han empeñado mis amigos, no he podido decir que no. Me pongo un traje cualquiera, a mí me gusta, a mí mujer no, me siento en el sofá a esperar que ella se arregle, tarda, tarda demasiado, y antes me metía prisa, al final sale, la espera ha merecido la pena, está guapa, hermosa, como siempre, como nunca. Salimos de casa. No hay ni un maldito taxi libre, y me niego a coger el coche. Caminamos media hora hasta que llegamos al garito, a rebosar, como no podía ser de otra manera, dentro mis colegas, ya pasados de alcohol, me saludan efusivamente, doy dos besos a ellas y un abrazo a ellos, muy liberal de boquilla pero cuando llega el contacto físico me limito a lo establecido, me pido un lingotazo y comienzo a divertirme, o lo que sea que se hace en las discotecas una Nochevieja. No hay lugar para moverse, no hay lugar para bailar, y ante la posibilidad de tener que ir a la barra a pedir otra copa me da un ataque de ansiedad, así que me quedo con mi vaso vacío al compás de la música de moda, que me golpea los tímpanos y me incita a cualquier cosa menos a bailar, por ejemplo, a matar a alguien, al DJ, por ignorancia musical. La noche transcurre, sigue siendo una pesadilla, en un momento pasan unos canapés, pero donde estoy sólo llega la bandeja vacía, mis amigos siguen bebiendo sin parar, y la cosa se está pasando ya de la raya. A mi mujer la perdí la pista hace demasiado tiempo, tiene una oportunidad única para la infidelidad, ella que puede, no, sé que es fiel, por lo menos hasta que se demuestre lo contrario, todo el mundo es fiel hasta ese fatídico momento de la infidelidad. Sin darme cuenta las luces se encienden, mi salvación, eso debe de ser el final de la noche, el final de mi pesadilla. La marabunta humana me saca del local y sin comerlo ni beberlo termino en una chocolatería con mis colegas, que deben de haberme seguido, y al fondo veo a mi esposa, nos acercamos, nos besamos, y comenzamos a untar churros en el chocolate. Todos hablan pero nadie conversa, nadie es capaz de seguir una conversación coherente. Al final, todo termina, y regreso a casa, me tumbo en la cama sin cambiarme de ropa y me quedo dormido. ¡Feliz año nuevo!

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El espíritu de la navidad

Relatos y microrelatosPosted by Letras (Fuengirola) Tue, December 22, 2009 10:47:36



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En la carretera no se veía nada

Relatos y microrelatosPosted by letras Sun, September 20, 2009 20:15:32

Por Salvador Moreno Valencia


Foto de Eduardo Juan: http://photo.net/photodb/member-photos?user_id=2330449


En la carretera no se veía nada. La luz de los faros no era suficiente. Habían perdido parte de la carga de la batería. No se podía hacer nada. Así que June se atusó el mentón nervioso. Encendió un cigarrillo. Lena a su lado menos nerviosa fumaba en silencio.

¿Ahora qué vamos hacer?- preguntó sin convicción.

-No sé- respondió June aspirando hondamente de su cigarro. El coche se llenó de humo. Lena abrió dos dedos la ventanilla, el viento frío se coló por la rendija. Hacía una noche de perros que ni se atrevían a salir a fornicar los gatos en los callejones.

-¡Uf!, vaya nochecita que hemos elegido para ir a ver a tía Bernadette- dijo Lena con la misma convicción de siempre.

-Sí, podíamos haberlo dejado para otro día, pero… - June seguía el recorrido del humo mientras lo exhalaba de su interior.

-¿Y si nos volvemos?- preguntó Lena sabiendo que esa pregunta no la llevaría…, no los llevaría ni a ella ni a June a tomar una decisión y dar marcha atrás. Ambos eran bastante tozudos y cuando tomaban una decisión no había quien los hiciera desistir de ella.

La tía Bernadette vivía en un lugar alejado de la carretera principal que comunica Potellí con Potallá, y en ese punto intermedio y en medio de un espeso bosque sin lobos y sin caperucitas vivía la mujer, algo rara, también tozuda, y misántropa, se aisló del mundo cuando murió su quinto marido.

-Pero ella necesita esta noche su medicina, si no llegamos será terrible, morirá.

-No puedo hacer nada amor- respondió June viendo que el motor rugía con estertores moribundo y a punto de dar por finalizada su función: “hasta aquí los servicios prestados”.

-Tal y como está la noche podremos llegar en un par de horas caminando, a lo máximo tres- dijo Lena sin convicción a pesar de tu testarudez era una mujer que no se creía nada que viniera del exterior y menos del interior, era lo que se dice una auténtica escéptica convencida por cabezonería de su escepticismo.

-Sí, creo que podemos llegar incluso antes- terminó June de fumar su cigarro. El coche murió en el mismo momento en que su mano apagaba, aplastando la colilla, estrujándola con sus gordos dedos, el índice, el corazón y el pulgar fueron los que interpretaron el papel de verdugos como miembros de la LAT, convencidos de que el tabaco mata.

Salieron del coche abotonándose los abrigos, Lena dio dos vueltas a su bufanda de color naranja. June se subió los cuellos de su gabardina gris que le llegaban más arriba de las orejas.

Bernadette estaba eufórica esa noche y no sabía por qué. La medicina se le había acabado y esperaba ansiosa que su sobrina Lena y el marido de ésta, llegaran a tiempo, sin intuir el contratiempo que habían tenido en el camino. Puso la canción que siempre le recordaba a su quinto esposo. Un señor afincado en Follaquí y que tenía la libido siempre golpeando las nalgas de su querida Bernadette. Y murió en pleno acto, sí, entre las piernas tersas y suaves de la diva. Sí, de ella, sí, entre sus muslos tersos que habían sido y eran el punto de mira de los deseos de muchos hombres, incluso ahora que ella, sí, Bernadette había cumplido cincuenta y siete. Él, sí, el quinto marido murió con sesenta y nueve para más curiosidad y por algo de la casualidad o el destino, precisamente murió practicando el 69. Paradojas que tiene la vida. Y ella, sí Bernadette, esperaba con tranquilidad su medicina. Tenía tan solo dos horas para tomarla, luego pasaría a engrosar la lista de los cementerios, y pensó qué pena no poder morir como él, sí, como su quinto marido practicando el 69.

No murió Bernadette aquella noche porque Lena y June, expertos guardabosques conocían como la palma de la mano aquel donde la tía vivía. Bernadette murió días más tarde por aquello de las paradojas de la vida, y no por falta de su medicina, mientras le practicaba una felación a un pastor misántropo, también, que vivía cerca de ella, con el que llevaba manteniendo relaciones desde hacía unos meses.

-Qué triste morir tan joven- dijo Lena, su sobrina, sin convicción en el entierro.

-Sí, pero para ella no fue tan triste- dijo June mirando al pastor que frente a ellos con el sombrero en la mano ocultaba la erección que el recuerdo le había producido. Y pensó:

“Espero que allí sigas chupándola tan bien”.


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Federico Laurenzana

Relatos y microrelatosPosted by letras Mon, July 13, 2009 19:03:03

Hipnótico

Sus circulares vértigos se indefinían en el centro plural. Su micro silueta convergía en un macro universo infinito donde a cada instante más ondas recaían para desprenderse.

Espiral que ni había menoscabado tras sones de un pendular minutero, se hacía constante, persuasiva por arrear más líneas hacia sí. Era una imagen móvil. Era una incisiva ronda de brotes curvilíneos sólo para atraerlo. Pues el hombre no había dejado de observarla, de mimetizarse ni siquiera cuando se agotaba y prescindía pestañear.

Nadie se lo había impuesto. La espiral había estado encerrada bajo un cuaderno, bajo unos bosquejos de ordenamientos precisos. Al él ya tantos le habían sugerido que no la viera, que no se acordara, que esto fue estímulo tenaz para buscarla.

Se había sentado en un parque, junto a personas que se dispersaban, junto a desordenados imprevistos. Ahí había llevado a la silueta, pues no creía necesitar alejarse de ningún sitio. Es que, aunque le habían dicho que no habría de tolerar movimiento y sonido alguno cuando ante ella se viera, jamás advirtió sensatez en ello.

Cuando había desplegado a la espiral, ya no podía ver ni oír sensación alguna. Ya estaba, sin predisponérselo, inmerso en aquél orbe de tiranía curva. Y así había pasado sus segundos.

Cuando la imagen lo había librado, ya todo le resultaba similar comparándolo con los momentos previos de esta experiencia, como si nada hubiera ocurrido.

Guardaba el disco y volvía del parque. Volvía para guardarlo sabiendo que las suposiciones del elemento hipnotizador habían sido mal hechas, mal decididas. Aún las de menor riesgo, pues nada en él se había modificado.

Aunque de vez en cuando notara que la figura movediza se intercalaba ante sí, no le prestaba atención. Es que se lo atribuía a su memoria. Y estos saltos de su percepción para nada incomodaban su estar. Pues tanto veía a la espiral como al entorno, a la imagen unívoca como a las apariciones inesperadas de la calle. Había llegado a ver todo –ambos cosmos- a la misma vez, sin dejar de caminar ni de preocuparse.

Él ya creía que la hipnosis le había abierto un mundo, en vez de cerrárselo, que ahora era capaz de contemplar una silueta antes ignorada.

Hasta que el hombre comenzó a ovalarse.

Sus brazos se encerraban hacia un centro simple. Así, su micro cuerpo se extralimitaba y fundía en un macro núcleo sidérico, donde a cada instante más de sí se desprendía.

Se hacía arremolinado, aunque con orden. Se hacía circular, curvo, y en perpetuo movimiento.

Sin más ilusión ni esperanza de volver a ser hombre, espiral ya era. Sin más quietud ni dispersión dada a expandirse quedó hipnótico.

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